Perros

Nunca me consideré un amante de los perros. Vaya ni siquiera me llamaban la atención. En mi casa cuando estaba pequeño nunca hubo, y mi único recuerdo de la infancia fue un pastor alemán que mi abuelo tenía en su casa y era su adoración. Se llamaba “Blackie” y aunque no tengo muchos recuerdos de él, si me acuerdo que era muy juguetón. Y digo, era, por qué según me cuentan en algún momento se lanzó a atacarme y me lo alcanzaron a quitar antes de que me mordiera. Entonces mi abuelo sacó su pistola y lo mató – “por atacar a su nieto”.

Y así transcurrió mi infancia, sin mascota, sin blackie y con una historia de que los perros me habían atacado. Tener una mascota en casa era impensable.

Cuando me casé por primera vez mi ex esposa tenía unos french poodles que en lo personal me parecían repugnantes y no los quería para nada. En ese tiempo llegué a tener un doberman y un labrador, pero se fueron a los pocos meses ya que no contaba con suficiente espacio.

Para mi segundo matrimonio, mi esposa actual tenía una schnauzer, y al igual que en ocasiones anteriores, en realidad me era indiferente. Para colmo después le regalaron a una chihuahua que es un dolor. Y así me la pasé varios años, sin mascota propia, aguantando a un chihuahua que solo se la pasa ladrando y una schnauzer que ya está grande.

Eso cambió en marzo de este año cuando llegó a mi vida Kira, mi pastor alemán. Una adoración de perro. Llegó cuando apenas tenía dos meses. Y se quedó en la casa ya que un amigo no podía tenerlo en la suya. Desde que llegó me enamoré completamente de ella.

Ha sido impresionante ver como un perro puede aprender disciplina, rutinas y basicamente adaptarse a un entorno como el tuyo. Así han transcurrido 6 meses desde que Kira está con nosotros. Me ha tocado pasearla, educarla, salir a jugar con ella, enseñarla trucos pero sobre todo recibir de ella un amor incondicional.

Como todo buen perro cachorro, ha hecho muchos destrozos, muchas travesuras y demás, pero en el fondo ha sido puro aprendizaje con ella. Aprender sobre el amor incondicional, sobre la nobleza de un animal y demás.

Eso, hasta el sábado pasado. La Kira en un descuido se metió a una habitación donde mi esposa guarda sus cosas de tejido, manualidades y en esta ocasión tenía ahí una infinidad de útiles escolares que les pidieron a los niños mas pequeños de la casa. Eso fue un caos total, supongo que Kira pensó – “wow, esto es un bufete y juguetes” y acabó con la habitación. Estambres, libros, cuadernos, pinturas, pinceles, lo que ustedes puedan imaginarse fue devorado por Kira.

Cuando regresamos y vimos el desastre causado, mi esposa tomó la determinación que la perra se vaya. Y en eso estamos. El día de hoy Kira se va. Y no se va a un lugar terrible. Al contrario parte de mi reflexión es que se va a casa de uno de mis cuñados. A un lugar con un jardín interminable, a un lugar donde va a poder correr y jugar, excavar y sobre todo convivir con perros similares a ella. Lo mas egoista era dejarla aquí, meterla a un curso de obediencia avanzado y que se conviertiera en un soldado. Pero que acaso el amor no es hacer que los seres amados vayan y estén mejor? Que puedan crecer y ser felices? No me queda duda que Kira aquí era feliz, pero estoy seguro que allá será todavía más.

Ahora a la distancia me tocará seguir viendo cómo sigue creciendo, y espero que durante muchos años más, siga llenando de amor un hogar. Como diría Cerati – Decir adiós es crecer. Gracias Kira. Me enseñaste tanto. Ve a praderas más verdes, a jardines mas grandes y sigue siendo la mejor perra que ha existido. Te quiero.